Del lat. bulbus, m. Bot.

En anatomía, expansión o protuberancia redondeada que presentan ciertos órganos o parte de ellos. En botánica, yema subterránea con los catafilos o las bases foliares convertidos en órganos reservantes, y la porción axial reducida y, generalmente, disciforme, el llamado platillo del bulbo. A veces el bulbo, como en la cebolla común, se halla totalmente rodeado por las bases persistentes de las hojas, que forman los llamados cascos de la cebolla, túnicas densamente superpuestas, y el bulbo se llama tunicado; o bien, cuando los cascos son secos y más o menos membranosos, con la nervadura en resalto, se designan con el nombre de bulbo reticular; en otros casos son los catafilos los que se disponen de manera imbricada, como en la azucena, y el bulbo se llama escamoso; existe, finalmente, otro tipo de bulbo en que el disco caulinar, muy desarrollado, constituye la mayor parte de él, revestido exteriormente de túnicas delgadas, membranosas o papiráceas, y se llama bulbo sólido o macizo. Este último tipo no conserva del verdadero bulbo más que su forma redondeada u ovoide, ya que es el tallo o eje el que actúa como reservante. En el bulbo de azafrán tenemos un ejemplo de esta clase. Exhausto el bulbo al desarrollarse la yema y producir hojas epigeas y la inflorescencia, se forman en la axila de sus catafilos, en número y posición que varían mucho de unas a otras plantas, las pequeñas yemas que, engrosando y cargándose de substancias de reserva que les proporcionan las hojas epigeas, constituyen el nuevo o los nuevos bulbos. Dilatación más o menos globulosa en la base del talo de ciertas algas, por ejemplo, en Saccorhiza bulbosa (feofíceas).

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